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Hermosa pintura de autor desconocido.
Hace un tiempo recibí este mail de Haana de un grupo de México, que encontró navegando por la red.
Un beso, Hitomi.
La flor,
por Kim Pérez
Tener catorce años y ser trans es el milagro de la flor. ¿Te
acuerdas?
Sí me acuerdo. En las noches calientes de verano es imaginarte como
una flor colorada, de grandes pétalos, de perfume enloquecedor para
ti misma y para el muchacho que se acerca a besar tiernamente esos
pétalos que son todo el mundo, toda la vida, todas las canciones que
pueden soñarse.
Son sueños, solitarios, bajo las estrellas, pero son sueños puros,
son lo que podía haber sido pero no es; puros aunque la sensualidad
te arrastre en olas calientes; juveniles y expectantes.
Lo que quizás sea alguna vez. Lo que quieres que sea, lo que esperas
que sea. Lo que te desespera que no sea todavía, pero estás
convencida de que tiene que ser, lo que te pide todo tu ser, tus
células, que sea.
A los diecisiete, a los dieciocho años, o la desesperación empieza a
poner sus colores negros encima de las flores o empiezan a abrirse de
verdad, a pasar del sueño a la realidad.
Jóvenes trans que os lanzáis a las discotecas o los botellones, ¿qué
encontráis?
Encontráis la vida. Puede ser que llegues a la discoteca
deslumbrante, transparentando la luz que llevas dentro y que
encuentres unos ojos jóvenes y masculinos que sepan verla.
Que bailéis, riáis, salgáis. Que de pronto te pongas seria y le
avises: "Soy trans", y él diga: "Ya lo sé". Que por horas, semanas o
meses ese encantamiento subsista y hasta aumente hasta la locura.
Placeres, ternuras. Luego, el muchacho vuelve a la cordura. O no.
Porque el muchacho puede haber visto de verdad la flor encarnada, que
en realidad es siempre invisible, y puede haberse quedado prendido de
ella.
Por ella puede afrontar burlas, puede enfrentarse a su familia, puede
con ella perder trabajos, verse despedido, pero siempre con
ella. "Contigo siempre". No me invento nada.
Si no es ése el caso, la joven trans necesita por encima de todo que
alguien la vea, que adivine la flor oculta, que la quiera, que la
desee. Es una constante de la sensibilidad trans: ser deseada, ser
querida, ser valorada. Eso es lo que nos vuelve locas.
Por eso muchas muchachas trans se meten de cabeza en la prostitución,
para sentir que alguien las desea hasta el punto de pagarlas.
Avenidas de las afueras y accesos de las autopistas por donde lo que
corren son admiradores que pueden quedarse fascinados por la luz de
un cuerpo. O entrar en los circuitos de las cristaleras y el baile
tras ellas. Ojos al otro lado. Nos hacen existir. (Pueden venir
también drogas, soledad, decepción, depresiones)
Los sueños pueden quedarse cortos de realidad. Llegar a ser querida,
de verdad, para toda la vida, hasta el fondo. O llegar a ser artista,
o modelo, famosa, para lo que hay que ser bellísima, fascinante. Y
ver después que la realidad es muy distinta, en muchos, muchos de
esos casos, para qué voy a describirla. "He fracasado como mujer".
No, cariño. La flor encarnada brilla y aroma intacta, dentro de ti.
No has sabido entenderte. Has sentido que necesitas ser querida,
admirada, que la flor resplandeciera para todos, pero su existencia
era más tranquila y más profunda.
Eres una flor de un jardín caliente de Sevilla, pequeño y medio
escondido, jardín joven de una casa vieja y medio abandonada,
exultante de frondosidad, de sombra de unas palmeras, de sol. Y en
él, entre su espesura, estaba esa flor encarnada para que sólo un
hombre, el único inquilino de la casa, pasara junto a ella y no
pudiera olvidarla nunca.
Kim Pérez
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